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marzo 31, 2014

RACISMO Y PODER EN EL PERÚ DE HOY

No hay peor racista que aquel que niega el racismo o lo minimiza, pues con ello no solo agrava la situación de discriminación constante que se sufre en el país, sino que además la normaliza. Argumentos tales como el racismo inverso o que los “prejuicios contra los blancos son igualmente nocivos” (Pasquel, 2014; Santillana, 2013) no solo muestran un total desconocimiento del grave problema del racismo en el Perú, sino que además reafirman el profundo racismo de muchas élites intelectuales y profesionales.
El racismo no es un simple problema de prejuicios o resentimiento que afectaría a todos por igual, como se pretende hacer creer. El racismo como discurso e instrumento de dominación nace en la colonia mediante el establecimiento de una jerarquía de poder que organiza la sociedad en términos sociales, políticos y económicos. La explotación y exterminio del indígena en las minas de la serranía y las haciendas durante la colonización y buena parte de la república, el exterminio y esclavitud a que fueron sometidos los indígenas amazónicos durante la fiebre del caucho (1879 – 1912) y muchos otros ejemplos históricos, se enmarcan en un sistema fundamentado en el racismo como base de la colonialidad del poder, tal como señala Aníbal Quijano.

El racismo justificó la negación de la humanidad y la inferioridad del indígena y del afroperuano. Esta jerarquía de poder es tan arraigada que los diferentes matices del color de piel siguen jerarquizando a los individuos incluso dentro de los grupos marginados. Como señala Marisol de la Cadena, no se trata solo de blancos, mestizos, indios y negros. Los mestizos más blancos son jerarquizados como superiores a los mestizos más indios, los indios que esconden su lengua materna y su indigenidad son jerarquizados como superiores a los indios que persisten en sus normas culturales. Esta situación se mantiene hasta hoy en la vida cotidiana, en donde los insultos racistas entre mestizos, indígenas y negros se enmarcan en esa jerarquía que tiene en su cúspide a las élites sociales.

Esa jerarquía de poder no es solo un problema de estereotipos en los programas de televisión o discriminación en el consumo. Es un problema que se enmarca en la lógica más profunda del poder público, tan normalizada que su ejercicio es simplemente ignorado. Por ejemplo, cuando Fernando Belaúnde escribió La conquista del Perú por los peruanos (1959) o Alan García escribió El perro del hortelano (2007), ambos observaron a la Amazonía como un espacio libre a explotar pasando por encima de sus habitantes. Estos discursos implícita o explícitamente retratan a los indígenas amazónicos como obstáculos al desarrollo y por ello lo instrumentalizan o lo hacen dispensables en el proyecto modernizador.

Y es que el racismo es tan grave que está en la base de muchas políticas públicas en el país hasta el día de hoy. El racismo se convierte en una violencia institucional que justifica el hecho de que, por ejemplo, la mayor parte de los territorios indígenas se encuentren concesionados sin ningún tipo de consulta ni respeto a sus habitantes. Ese racismo permite esencializar al indígena como “anti-minero”, “anti-desarrollo” o simplemente mediocre, sin que nadie se inmute.

En dicho contexto, banalizar el problema señalando que los blancos también son “víctimas” de prejuicios y que los indígenas son racistas al ser “resentidos”, es un argumento deleznable y profundamente racista pues pretende ignorar la jerarquía de poder instaurada en la consciencia colectiva, estructura institucional, procesos económicos y discursos sociales por más de 500 años en América.
Reconocer el problema del racismo y desmantelar su jerarquía de poder en términos políticos, jurídicos, económicos y sociales es fundamental en nuestro país. Para ello, un primer paso es desmantelar la fachada “multicultural” y “tolerante” de ciertas élites verdaderamente racistas.

*Roger Merino es Ph.D. (c) en Ciencias Sociales y Políticas por la Universidad de Bath del Reino Unido, donde obtuvo el grado de Máster en Políticas Públicas Internacionales y Globalización. Es abogado por la UNMSM, con maestría en Derecho Comparado y Economía por la Universidad Internacional de Turín.
Servindi

diciembre 05, 2013

UNA EDUCACIÓN DE ESPALDAS AL PAÍS

Como ha sucedido cada vez que se difunden los resultados de la prueba PISA, se ha generado un debate sobre la dramática situación de la Educación en el Perú. Pero la discusión gira en torno a la búsqueda de los responsables de dicha situación, que suelen ser identificados en el ministerio de Educación o en el magisterio nacional, y para ser más exactos en el SUTEP, que ha llegado a reconocer que han sido parte del problema.

Cuando ocurre esto, la prueba PISA, que es aplicada a alumnos de escuelas públicas y privadas, sirve para señalar con el dedo acusador a la primera, calificándola de ineficiente e incapaz de cumplir con los objetivos, metas, planes y programas. En este sentido, resulta lógico, por ejemplo, que a pesar de que la mayoría de los expertos reconoce que la liberalización de la educación tal como funciona no ha resuelto el problema, haya quienes consideran que hay que avanzar todavía más en ese sentido.
Ahora bien, lo que se percibe además es que buena parte de la discusión gira sobre la escuela en Lima, reflexionando poco sobre lo que ocurre en el resto del país, en especial en las zonas rurales, donde se obtienen los peores resultados que en buena medida se explican por la debilidad de un modelo educativo excluyente que no dialoga ni con el entorno, ni con la naturaleza, ni mucho menos con la cultura. Y que impone sin mayor posibilidad de reflexión un modelo de sociedad homogenizante y discriminador. Es por ello que resulta gravísimo que al interior del Minedu se haya decidido desactivar la Dirección de Educación Bilingüe Intercultural que, a pesar de sus limitaciones, ha venido tratando de modificar en parte el estado de cosas que describimos.

En Noticias SER consideramos que uno de los más graves problemas de nuestro sistema educativo, es su visión monocultural, la que en un país diverso y desigual sólo refrenda la vieja cultura de hacienda que las elites peruanas siguen reproduciendo, que ni siquiera logra formar en los niños y niñas de nuestro país a los futuros ciudadanos y ciudadanas. Por ello creemos que mientras la escuela pública siga abandonada a su suerte y sin los recursos que necesita para funcionar y la escuela privada siga funcionando sin regulación alguna, lo más probable es que sigamos lamentándonos año a año y desperdiciando una institución que es clave para llegar a convertirnos en un país distinto.
Noticias.Ser.pe